El aborto espontáneo es una experiencia frecuente y, al mismo tiempo, profundamente silenciosa. Muchas personas atraviesan una pérdida gestacional sin haber tenido información previa sobre su frecuencia, sus causas reales o sus implicancias a futuro. Esto suele dar lugar a culpas innecesarias, miedo a volver a intentar o dudas persistentes sobre la propia fertilidad.
Desde el punto de vista médico, el aborto espontáneo se define como la pérdida del embarazo antes de las 20 semanas de gestación y ocurre con mayor frecuencia durante el primer trimestre, es decir, antes de las 12 semanas. En la población general, se estima que entre el 10 y el 15 % de los embarazos clínicamente reconocidos finaliza en un aborto espontáneo.
Comprender por qué sucede, cuándo requiere estudios y qué se puede hacer para mejorar las chances en un próximo intento es clave para transitar este proceso con información clara, sin mitos y con un acompañamiento adecuado.
Las causas más frecuentes del aborto espontáneo en el primer trimestre
La causa más frecuente del aborto espontáneo temprano son las alteraciones genéticas del embrión. Se estima que entre el 50 y el 60 % de los abortos del primer trimestre se explican por anomalías cromosómicas que hacen que ese embrión no sea viable.
Estas alteraciones ocurren al momento de la fecundación o en las primeras divisiones celulares y no dependen de conductas, esfuerzos físicos ni decisiones tomadas durante el embarazo. En estos casos, el aborto funciona como un mecanismo natural de selección biológica.
Entre las alteraciones cromosómicas más comunes se encuentran las trisomías, como la trisomía 16, la monosomía X y las poliploidías. Cuando estas alteraciones están presentes, el desarrollo embrionario no puede continuar de manera adecuada.
La edad de la mujer es uno de los factores de riesgo más importantes asociados al aborto espontáneo. Con el paso del tiempo, aumenta la probabilidad de que los óvulos presenten alteraciones cromosómicas, lo que explica por qué el riesgo de aborto se incrementa a partir de los 35 años.
Existen otras causas de aborto espontáneo, aunque son menos frecuentes. Entre ellas se incluyen causas hormonales, uterinas e inmunológicas, que no se investigan de forma sistemática tras una primera pérdida, sino principalmente en los casos de aborto recurrente, cuando se producen dos o más pérdidas antes de la semana 12 de embarazo.
Estrés, esfuerzo físico y mitos frecuentes
Una de las preguntas más habituales luego de un aborto espontáneo es si el estrés, una discusión, el trabajo o un esfuerzo físico pudieron haber sido la causa.
De acuerdo con la evidencia científica disponible, no se ha demostrado que el estrés emocional habitual, como preocupaciones laborales, ansiedad leve o moderada, ni el esfuerzo físico cotidiano provoquen abortos espontáneos.
Situaciones de estrés extremo, como traumas severos, catástrofes o violencia, pueden asociarse a peores resultados obstétricos, pero no constituyen una causa frecuente de aborto temprano.
A diferencia de estos mitos, existen factores con evidencia científica sólida que sí se asocian a un mayor riesgo de aborto, especialmente cuando no están adecuadamente controlados.
El tabaquismo durante el embarazo aumenta el riesgo de aborto espontáneo, embarazo ectópico y complicaciones placentarias. Este riesgo es dosis dependiente: cuanto mayor es el consumo, mayor es el riesgo.
El consumo de alcohol tampoco es seguro durante el embarazo. No existe una cantidad considerada segura y su ingesta incluso en bajas dosis se asocia tanto a un mayor riesgo de aborto como a alteraciones del desarrollo fetal.
Los trastornos tiroideos, cuando no están correctamente controlados, pueden aumentar el riesgo de aborto temprano. Lo mismo ocurre con la diabetes mal controlada, que se asocia tanto a abortos espontáneos como a malformaciones congénitas.
El síndrome de ovario poliquístico presenta un riesgo ligeramente mayor de aborto, especialmente cuando se asocia a obesidad, resistencia a la insulina u otras alteraciones metabólicas.
Qué estudios conviene hacer después de un aborto espontáneo
Desde el punto de vista médico, no se recomiendan estudios de rutina luego de un primer aborto espontáneo. Esto se debe a que la mayoría de los abortos tempranos son eventos aislados, generalmente vinculados a alteraciones genéticas de ese embrión en particular, y no suelen repetirse.
El riesgo de que vuelva a ocurrir un aborto después de una primera pérdida es similar al de la población general.
Sin embargo, existen situaciones en las que sí se justifica avanzar con estudios complementarios. Esto ocurre cuando hay antecedentes clínicos u obstétricos relevantes, como enfermedades crónicas, pérdidas gestacionales recurrentes, abortos en el segundo o tercer trimestre, o antecedentes personales de trombosis.
En estos casos, la evaluación debe ser siempre individualizada y guiada por el profesional, evitando estudios innecesarios que no modifican la conducta médica ni mejoran los resultados.
Aborto recurrente y cambio en el abordaje clínico
En la actualidad, se define la pérdida gestacional recurrente ante la presencia de dos o más abortos espontáneos.
Cuando se presenta este escenario, el enfoque clínico se amplía. Se recomienda una evaluación genética mediante cariotipo de la pareja y, si es posible, el estudio del material cromosómico del tejido del aborto.
También se evalúa la cavidad uterina mediante ecografía transvaginal y, según el caso, estudios como histerosalpingografía, histerosonografía o histeroscopía, con el objetivo de descartar alteraciones estructurales.
Desde el punto de vista inmunológico, se descarta la presencia de síndrome antifosfolipídico, una de las pocas causas inmunológicas claramente asociadas a aborto recurrente y con tratamiento específico.
La evaluación hormonal y metabólica incluye el control de la función tiroidea y de la glucemia.
Es importante destacar que en casi la mitad de los casos de aborto recurrente no se identifica una causa específica. Aun así, más del 60 al 70 % logra posteriormente un embarazo evolutivo sin necesidad de tratamientos complejos.
El acompañamiento médico y emocional forma parte central del abordaje.
Cuándo volver a intentar embarazo y cómo mejorar las chances
Desde el punto de vista médico, no es necesario esperar varios meses para volver a buscar embarazo luego de un aborto espontáneo. En general, se puede intentar nuevamente luego de al menos un ciclo menstrual, siempre que la persona se sienta emocionalmente preparada.
La evidencia actual muestra que buscar embarazo dentro de los primeros tres meses posteriores a un aborto no aumenta el riesgo de una nueva pérdida ni de complicaciones obstétricas.
Se recomienda la suplementación con ácido fólico en todas las mujeres que buscan embarazo, junto con controles preconcepcionales.
En presencia de enfermedades preexistentes, es importante planificar el próximo embarazo en las mejores condiciones posibles, como el control adecuado del hipotiroidismo, el manejo de la resistencia a la insulina, el control glucémico en casos de diabetes y el mantenimiento de un peso saludable.
En los casos de trombofilias diagnosticadas, el tratamiento será indicado por el especialista. El tratamiento empírico sin diagnóstico no mejora los resultados.
En la población general, el uso de progesterona no se indica de rutina y debe individualizarse según el contexto clínico.
Cuándo consultar de urgencia y cuándo evaluar fertilidad
Durante un embarazo, se debe consultar de urgencia ante sangrado vaginal y/o dolor abdominal significativo, ya que estos síntomas pueden sugerir complicaciones como hemorragia, aborto incompleto o embarazo ectópico. También se recomienda la consulta urgente ante fiebre o síndrome febril.
Una vez completado el aborto, la consulta médica no suele ser urgente, pero sí necesaria para evaluar el caso, brindar contención emocional y definir los pasos a seguir.
La consulta con un especialista en fertilidad está indicada en casos de aborto recurrente, pérdidas en el segundo o tercer trimestre, dificultad para lograr embarazo luego de 12 meses de búsqueda en mujeres menores de 35 años o de 6 meses en mayores de 35 años, edad materna avanzada o antecedentes médicos relevantes como trastornos tiroideos, diabetes, síndrome de ovario poliquístico, enfermedades autoinmunes, trombosis o enfermedades hereditarias.
La consulta en fertilidad no implica necesariamente iniciar tratamientos complejos. En muchos casos, un abordaje temprano permite ordenar la información, reducir la ansiedad y acompañar de forma adecuada el próximo intento. Para más información, podés hablar con nosotros.






